Journal Everything I did that nobody wanted…

27Apr/110

Anthony’s Home

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En un rinconcito cualquiera de Lower East hay una tienda… O un museo… O la casa de Anthony Pisano.

Vale, paso a paso. Hace tiempo, prácticamente un año, conociste a un personaje de esos extraños, casi excepcionales. Entre muchos otros poderes sobrenaturales, esta diminuta mujer tiene el don de “conocer gente”. Entendámonos: en un momento dado cualquiera, uno puede pensar algo así como Me gustaría conocer a un astronauta enano doctorado en Harvard en “Granjas ecológicas: la ganadería del caracól marrón (Helix Aspersa) en épocas de sequía” y al que le guste desayunar fetos de niños chinos liofilizados. Como quien piensa en la lista de la compra, en hacer la colada, o en herpes genital. Quién sabe.

Pues bien, uno puede optar por descartar la idea por bizarra y poco realista, o bien puede comentárselo, también como quien no quiere la cosa, a ese pequeño ser extraño. Y la mujercita respondería Pero que curiosidad, el otro día conocí a Juan, quien por casualidad es un astronauta enano y que estudio en Harvard y que… Bien, vais pillando la idea.

En cualquier caso, la historia no iba por allí. Por esas cosas de la vida necesitabas un reportaje fotográfico para salir del paso. Algo así rápido y asequible. Y aquí es donde la muchacha entra en acción. Te recomendó ir a visitar a un personaje del que ya te había hablado tiempo antes. Anthony. Decidís ir el sábado a echarle una visita al hombre.

 

Ahora si:

Anthony nació en Sicilia hace más de 80 años. A los diez, por marrones con Musolini, con el hambre u otras cosas, vinieron todos para Estados Unidos.

- Musolini se dedicó a comerles la cabeza a los Italianos. El tipo decía “señores, debéis tener muchos hijos, para que cuiden de vosotros”. Así que mi madre tuvo a diez. Cinco chicos y cinco chicas, para compensar… pero ya sabéis del dicho, una persona que cuida de diez pero diez no pueden cuidar de una.

Llegar a la casa de Anthony es llegar a una especie de capsula del tiempo. Anthony nos espera en la calle, sentado en un taburete. Nos espera como quien espera cualquier cosa, o absolutamente nada. Nos espera como podría estar esperando a cualquier desconocido que le haga caso o le salude. Anthony ni siquiera espera, simplemente existe sentado en su silla.

Es ya tarde, por la noche, y la calle está bastante oscura. Neones rojos y azules y verdes y amarillos, colgados al lado de un enorme reloj de cuco, encima de una maqueta de barco antigua conducida por un muñequito de Bill Clinton. Aparece como un escaparate, delante del cual está sentado Anthony, con la puerta abierta y Frank Sinatra sonando a todo trapo. Esa es su casa.

Antes de entrar, te paras a charlar un rato con el… Pero ya desde la calle se intuye el maravilloso infierno de trastitos, cacharritos, objetos y historia acumulados entre paredes y demás.

Ferran_Process_02Luego entras. Un espacio de apenas dos metros o dos metros y medio de ancho, una tienda-piso hecho a lo largo. La primera habitación, llena de libros, fotos, figurillas de plástico/cartón-piedra/metal/madera/etc, piezas de relojes/radios/lámparas/etc, muebles, vasos, botellas, muñequitos, aparatos, cacharros, sombreros, raquetas, redes, un acuario enorme con (también) enormes peces tropicales, plantas, vitrinas, panderetas, herraduras, candelabros, payasos de plástico, pendientes, mascaras, dibujos, perros de porcelana. Sigues hasta la siguiente habitación donde hay piezas y maquinaria de precisión, un microscopio, un crucifijo o dos, botes, mas relojes, una pantalla enseñando negativos de diapositivas, enchufes, teléfonos, búhos de metal, sombrillas, ordenadores y calculadoras viejas, baterías y tambores, revistas, soldaditos, campanas, palos de esquiar, una guitarra, sillas, armarios, mas vitrinas, mas lámparas, and whatnot. Y esa segunda habitación, de exactamente metro y medio por dos metros. A partir de aquí, ya, lo que haga falta.

- Es que, sabes, trabajé en un barco mercante durante quince años… ¡son muchos años! Y bueno, cada vez que veía algo que me gustaba, aquí o allá, pues me lo pillaba de recuerdo.

Te va contando Anthony con una sonrisa en la cara. A ratos en inglés, a ratos en un italiano que empezó a desaparecer de Cerdeña hace más de cincuenta años, va dejando salir palabra tras palabra entre la sonrisa que le cruza la cara.Ferran_process_07

- ¿Que qué hacia? Pues en esa época la carne americana se vendía bien. En realidad cortaba carne. Bueno, en realidad, tenia 250 personas por debajo mío, a quienes enseñaba a cortar carne. Si. Si. Si, ya lo se, 15 años cortando carne en un barco que cruza el mundo de un lado a otro, meses sin pisar tierra. Y cuando salías, cuando salías del barco, no puedes imaginarte la sensación de salir del barco. Quince años de mi vida en un barco mercante.

Sigues entrando casa adentro, casa adentro. Esa especie de museo, de cacharros que han visto pasar todo el siglo veinte, se convierte de repente en algo distinto. Un espacio diminuto que contiene un sofá y unas escaleras. Luego un piano enorme, al lado un micrófono, y encima de él un par de vinilos y otro teclado y lámparas y partituras y estanterías de libros a un lado y espejos al otro. Y más allá una cocinilla y una nevera en una esquina. En la otra una cama. Y al final una puerta a un jardín. Y entonces, solo entonces empiezas a recuperar la consciencia de que, allí, si, allí vive Anthony.

- ¿Qué porqué el piano y el micro y demás? Bueno, me cansé del barco mercante y decidí aprender música. Estudié mientras empezaba a trabajar de músico como diez años o más, y bien, la música se te mete dentro y ya no se va. Al principio había ese tipo, el tocaba y yo cantaba, pero no había modo, cuando yo iba rápido el iba demasiado lento, o yo iba demasiado lento y el rápido, ¿entiendes? Así que me puse a aprender a tocar el piano, también, hasta que pude tocar y cantar solo.

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- ¿Que donde trabajaba? En el CopaCabana, el primero, el original. El que solía estar como en la cuarentaypico…. Si, si que le conocí, a Frank Sinatra y a otros. De hecho, yo era el telonero… Bueno, ahora le llaman telonero o algo así, a eso, pero claro, entre que entraba uno y salía otro o calentaban o lo que fuera, pues me ponía yo al piano y a cantar. Si, era curioso, se estaba bien, era divertido. Y bueno, de telonero estuve siempre… Ellos tenían el talento, yo no llegué, yo era telonero.

En algunas paredes hay fotos. Fotos de él en el CopaCabana. De hecho, le preguntas por esas fotos, hay una serie bastante curiosa: de un tipo de unos veinte años, a los puros 40’-50’ y al lado un viejecillo con una barba blanca de medio metro y calvo.

- Son 60 años de diferencia entre una y otra, se notan, ¿eh? Mira, tengo una hija… ¡tiene 61 años ahora! Dos o tres veces tu edad… y te sonríe desde detrás de unos ojos vidriosos. Vidriosos de edad, de pseudo-cataratas, no de nostalgia. Porque, si algo hace Anthony, es sonreír.Ferran_process_08

- Me siento en la calle y saludo, ellos me saludan –

o no-. No quiero privacidad. Si cierro mis puertas a la gente, las cerraría literalmente, y a mi conocer gente y que entren y salgan de casa y que pregunten y que me hablen… ¡A mi todo eso me da vida! Las puertas de mi casa llevan 32 años abiertas. A veces alguno pregunta si es una tienda o un museo, o si pueden comprar, o como va eso. En 32 años no he vendido NADA. Eso si, a veces regalo piezas o cosas cuando veo que pueden ser útiles.

Y sigue sonriendo. Anthony es alegría, es sonrisas, es cariño por todo y por todos. De uno que ha vivido 15 años en un barco mercante esperarías cinismo. De uno que ha envejecido en Nueva York (Manhattan, donde 80 deben pesar como 130) esperarías fatiga angustiosa. De uno que…

- ¿Qué si el barrio era peor antes? ¡No hombre, el barrio esta de lujo! Antes caminabas entre jeringas y batallas urbanas y yonkis y atracos y la gente pasaba hambre, HAMBRE, y … No, desde luego, ahora se vive mucho mejor. La gente es mejor.

Piensas en los hipsters y las ratas y la basura y el dinero o su ausencia y las prisas y los coches y el vacio humano que te rodea… Y miras a Anthony, miras detrás de sus ojos pseudo-cataraticos y vidriosos, de su barba de más de 3 días y su sonrisa de más de 8 decenios. Miras la “Tienda-Museo” donde vive y donde os ha acogido estos minutos, y sigue sonriéndote, sinceramente, tras 80 años de historia, años que cargan en sus espaldas y a las espaldas del apartamento lleno de luces rojas, amarillas, verdes, azules y coloridas como el mismo personaje que las habita.

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Pequeñas burbujas de humanidad – bizarra - en esta ciudad que devora almas. Le respondes con otra sincera sonrisa e intentas esconder el profundo respeto que estas sintiendo por este viejecito, retazo de persona atrapada en otros tiempos y otras realidades; y te alejas deseando que la promesa de regresar a visitarlo algún día se cumpla de verdad…

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